“difteria, es difteria” Un entierro que resucita a una enfermedad que estaba controlada

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12/10/2016

CRISIS DE SALUD EN VENEZUELA | DIFTERIA | VENEZUELA |

Este martes enterraron en el cementerio municipal de Chirica, en San Félix, a Jhoangely Alexandra Ochoa Rauseo. La niña de dos años de edad murió, según el certificado de defunción, por difteria; una enfermedad infecciosa que estuvo controlada en el país durante más de 20 años. La ministra de Salud, Luisana Melo, negó que con este caso la lista de fallecidos en el estado Bolívar ascienda a 23 personas, como ha denunciado el diario regional Correo del Caroní. Dijo que solo dos fueron confirmados. Los familiares de Jhoangely no se preguntan si su niña será uno de ellos. Ahora solo la lloranLlegaron a las 10:12 de la mañana al Cementerio Municipal de Chirica, en San Félix. Los primeros en entrar fueron los niños. Iban como pajes pero de un cortejo mortuorio. Luego caminaban los hombres, jóvenes y delgados, quienes cargaban una urna blanca y pequeña. Era una pluma, leve y suave. Dentro del cajón dormía Jhoangely Alexandra Ochoa Rauseo, la niña de dos años de edad que murió el lunes 10 de octubre, a las 4:00 de la mañana, por difteria.

“¡Ay, mi Loli, mi Loli! Dios, me la quitaste”, gritaba la madre, Jaiyarí Rauseo. El papá, Jhoandri Ochoa, callaba. Con el sol que hería en los ojos, llevaba un sweater morado nazareno que le cubría la cabeza y parte del rostro. Detrás seguían unas viejitas con semblante de papelón cuarteado. Cansadas y silenciosas caminaban hacia un montarascal, a la mano derecha de la entrada.

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Allí un predicador evangélico, tío de la niña, persuadía al grupo en la idea de que todo lo que sucede en este mundo ocurre conforme al propósito de Dios: “Tú no pones cargas en hombros de quienes no puedan soportarlo… Ahora ella tiene mejor vida, aquí tuvo que batallar mucho (…) El partir con el Señor es de valientes (…) Él le da fuerzas al cansado…” A la par, un chico, tío de la niña fallecida, repartía flores de ixora al resto de los familiares. El sepulturero batía la mezcla fresca de cemento. Esperaba recostado sobre una pala. Sudaba.

Unas señoras con pañoletas blancas cantaban: “Yo no lo palpo, pero está dentro de mí”, “yo no lo veo pero lo puedo sentir”; pero su coro no fue suficiente para atenuar los gritos de Jaiyarí, la madre. Antes de enterrar a la niña, abrieron el vidrio de la urna para la última despedida. El grito de la mujer apuñaleó el cielo, sin dejar de repetir: “¡Dios mío, dame fuerzas!, ¡Mi muchachita, mi princesa, mi bebé! ¡Jhoangely, Jhoangely, aquí está tu mamá!”

Una de sus hermanas, que mientan La Negra, le pedía con dulzura que se calmara. Otra mujer sí le advirtió que si no se tranquilizaba, la sacaría del cementerio.

La niña entró en el rectángulo que todavía estaba fresco. Sobre ella el zinc. Después unos trozos de vigas ladeados, como para evitar que el viento arrancara las láminas. Los enterradores rasgaban la mezcla del suelo. Era el sonido de unas uñas de metal que caminaban sobre una pared sin frisar. Solo eso se escuchaba. Los niños lloraron poco.

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En menos de una hora, a las 11:09 de la mañana, el grupo salió del cementerio. Caminaron hacia unos autobuses de la CVG. Un amigo de la familia les colaboró con el traslado. El cielo estaba claro, pero no soplaba nada de brisa. Acalorados se montaron uno a uno en un autopullman gris. En 23 minutos llegaron al sector 25 de marzo, UD 128.

En una calle ancha, a pocas casas de una antena de telefonía celular altísima y frente a la Iglesia Evangélica Árbol de Justicia, queda la casa de la abuela materna, Yaritza Navarro. Es ella quien cuenta la historia

“El jueves 29 de septiembre yo observé que la niña tenía como babita en la boca. Pensé que le saldrían llaguitas y le dije a su mamá que le comprara un remedio. Ellos salieron donde unos familiares ese fin de semana y regresaron el domingo 2 de octubre. La niña tenía fiebre, tos y los típicos síntomas de gripe. Le dimos acetaminofén. Durmió inquieta”, narra la señora mientras los hijos la llaman desde la vivienda para pedirle que sea discreta con la declaración.

Yaritza tiene solo 48 años de edad. Es hermosa. Parece del mediterráneo. Ojos grandes y aceitunados y la piel blanca, que se ha acaramelado a punta de sol. Regresa, se sienta a un costado del extenso patio de tierra que posee la casa, y aclara que solo dirá lo que sabe de su niña. Su hija, esa que ahora ya no está.

El lunes 3 de octubre la llevé al Centro de Diagnóstico Integral de Bella Vista. Allí me le pusieron una inyección para la fiebre y me la nebulizaron. No le revisaron la boquita. Nosotros creíamos que tenía asma. Todos mis hijos sufren de eso”, explica.

El martes 4 vivieron un día tranquilo dentro de casa. No tuvo fiebre. En la noche sí la sufrió. Comió tranquila. La jornada se repetiría aparentemente igual de serena el día miércoles. Hasta que a las 3:00 de la tarde tuvo fiebre y la abuela regresó con la bebé al CDI. Allí, recuerda, la volvieron a nebulizar y esa vez sí le revisaron la boquita: “Le encontraron las amígdalas inflamadas pero me dijeron que estuviera tranquila, que eso se le iba a curar”.

Al verla igual Yaritza acudió el jueves al Hospital Raúl Leoni, también conocido como el Seguro Social de Guaiparo. Allí le dirían que el lugar estaba contaminado y que no podían atender a la niña, pues solo recibían estrictas emergencias.

“Me senté un ratico en los bancos de afuera y le di jugo de lechosa. Se lo tomó tranquila. No presentó vómitos. Entonces llegó una señora con un niñito minado de llagas en las orejas. Yo lo vi. La vigilante le avisó a una doctora de ese caso, y allí fue cuando me mandó a pasar. Me dijeron que la niña tenía la garganta recrecida. Y empezaron a decir: “¡Es difteria, es difteria!”.

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Cree la abuela que el hecho de andar “en los caminos del señor” le otorga serenidad. Relata despacio, calmada. Asegura que los médicos trataron de tomarle fotos a la garganta de la niña, pero esta no se dejó. Luego vino la toma de la vía en los dos bracitos, en un pie y la nebulización. Después, un ecosonograma. Después, terapia intensiva. Después, seis médicos encima de ella, rodeándola en un círculo que la dejó cedada, según afirma la señora.

“Esa niña comía. Yo la vi el viernes en la madrugada y la sentí viva. Estuve con ella como diez minutos. Me dijeron que estaba fuera de peligro. No nos movimos de allí. El sábado me aseguraron que seguía con las mismas características, pero en la noche me dijeron que estaba grave, grave, grave”, interviene la mamá de Jhoangely, Jaiyarí, quien ya no mira con desconfianza a la entrevistadora y se ha acercado a conversar.

Ahora, cuando en el relato se acerca el fin, ambas aceleran el ritmo de los recuerdos: “Le pedí un informe médico a la doctora para ver si conseguía ayuda con las empresas. Lo necesitábamos desde el viernes. El tratamiento de cuatro botellas de Dextrosa al día era costoso. Me dijo que no tenía derecho a pedirlo”, resiente la abuela. “Todos los exámenes daban negativos. ¿Por qué se me murió si le estaban poniendo antibióticos?”, se pregunta la mamá.

Los médicos verían luego que algo raro había en el corazón y también en el pulmón de la niña. Jaiyarí recuerda que al principio le habían dicho que tenía solo un poco de flema. Después “estaba full”. Así llegaron al cuarto día de hospitalización de la niña, el segundo de ellas durmiendo en los banquitos frente al Seguro Social, cuando a las 4:00 de la mañana del lunes 10 de octubre dos enfermeras llamaron a Jaiyarí: “Yo me imaginé que había mejorado pero cuando les vi la carita me asusté. Hubo un momento que la verdad no sé si la niña quería reaccionar. Empecé a llorar. Le dije ¡párate, mami, párate! Cuando entré, el aparato no estaba pitando pero luego empezó a sonar. Yo le dije a la doctora. Ella me dijo no, hija, eso es porque está conectada. Y ahí mismo le sacó el tubo y no pitó más”.

La lluvia se acerca. El patio de la casa se ha llenado de familiares que escuchan los recuerdos. Una hermana de Yaritza que vive al lado ofrece limonada y café a la visita. Entretanto, la ministra de Salud, Luisana Melo, ha descartado este martes que hayan muerto 23 personas por difteria: “Eso es falso. Está totalmente controlado. Se ha hecho todo el bloqueo epidemiológico y estamos en una situación de lograr cobertura de toda la población; es decir, 100%”.

Dijo que solo había dos casos confirmados. Los familiares de Jhoangely no se preguntan si su niña será uno de ellos. Ahora solo la lloran. Llueve en Bolívar.

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