¿Está Venezuela en una guerra civil de cuarta generación?

 7 de julio de 2017

 

En una guerra civil…, todas las facciones se equivocan. Es inútil poner las cosas en claro.

Todos son víctimas.

 

Desde hace cierto tiempo se han puesto de moda los términos “guerra asimétrica” y “guerra de cuarta generación”, que se refieren más o menos a lo mismo. Ambos hablan de un nuevo tipo de conflicto que remplazaría a las “guerras convencionales” que imperaron en el mundo hasta la segunda guerra del Golfo en 2003, cuando los Estados Unidos invadieron Irak, aplastaron al ejército iraquí y derrocaron el régimen de Saddam Hussein, en lo que se considera el último gran conflicto convencional ocurrido en el mundo. Fue tal la desproporción de tecnología, recursos, armamento sofisticado y superioridad militar, a pesar de que Irak contaba con un ejército grande y teóricamente fuerte, que expertos y analistas comenzaron a visualizar cómo podría un país pequeño o mediano oponerse al poderío bélico norteamericano y así nacieron las primeras teorías.

Para tener más claro el concepto de “guerra asimétrica”, tres definiciones ayudan:

Para Paul F. Herman Jr.[2].: “…Es un conjunto de prácticas operacionales que tienen por objeto negar las ventajas y explotar las vulnerabilidades de la parte más fuerte, antes que buscar enfrentamientos directos. Los conceptos y movimientos asimétricos buscan usar el medio ambiente físico y las capacidades militares en formas que son atípicas y presumiblemente no anticipadas por estructuras militares bien establecidas, tomándolas, por ende, desbalanceadas y no preparadas”.

Para John T. Chenery[3]: “Los retos asimétricos vienen a ser cualquier método no convencional o barato, usado para evitar fortalezas y explotar vulnerabilidades

Para Kenneth F. McKenzie Jr[4].“Son aproximaciones no convencionales que evitan o minan las fortalezas del oponente, mientras que explotan sus vulnerabilidades, pero con dos objetivos siempre en mente: Obtener un efecto desproporcionado  y afectar la voluntad de lucha del más fuerte. Pueden conseguir un poderoso efecto a través de la manipulación del elemento psicológico. En términos funcionales, la mente del enemigo se convierte en el blanco.”

El fallecido presidente Hugo Chávez jugaba a presentarse como víctima de una guerra asimétrica instrumentada por “el imperio”, cuando él mismo aplicaba varios de sus principios para intensificar el dominio y control de la población venezolana. Dadas las circunstancias que vive actualmente el país, cabe preguntarse si al igual que el concepto de “guerra convencional” ha evolucionado y cambiado, ¿no habrá pasado lo mismo con el de “guerra civil”? ¿No estaremos ya en una guerra civil de cuarta generación?, es decir, un nuevo tipo de guerra civil distinto a la subversión armada o a los conflictos internos, como el de Colombia.

Por guerra civil tradicional se entiende, en términos generales y sencillos, un conflicto armado que se desarrolla en un mismo país. La historia está plagada de guerras civiles, desde la Tetrarquía Romana, ocurrida en los años 306 al 324 dC; hasta la actual guerra civil en Siria, iniciada en el 2011 y que todavía continúa. Nuestro continente también las ha sufrido: la Guerra Civil Argentina (1814-1880) entre los partidos Federal y Unitario; las guerras civiles centroamericanas (1824-1839) entre liberales y conservadores; la Guerra Civil Peruana (1856-1858) por la constitución de 1856; la Guerra de Reforma en México (1857-1861), o la Guerra de Secesión estadounidense (1861–1865). también se pueden mencionar la Revolución Liberal de Ecuador entre 1875 y 1895; la Guerra Civil Chilena en 1891; la Revolución Constitucionalista de 1932 o Guerra Paulista en el Estado de São Paulo, en Brasil; las nueve guerras civiles que devastaron Colombia durante el siglo XIX y XX; o la Guerra Civil de Costa Rica en 1948.

Nuestro país no ha estado exento de este tipo de conflicto. Sufrimos la Guerra Federal entre 1859 y 1863; y la llamada “Revolución Libertadora” entre 1901 y 1903. Hugo Chávez, de forma constante, amenazó con la posibilidad de una nueva guerra civil en Venezuela, presentándose como el único que podía evitarla, mientras promovía sin tapujos el odio, la discriminación, la intolerancia y la violencia.

Una vez hecho este “recorrido de contexto” en el que vemos que la eventualidad de una guerra civil ha estado muy presente en nuestra historia y en la del continente, cabe regresar a la pregunta inicial. ¿Estamos viviendo una guerra civil no convencional?

La respuesta es un rotundo y contundente “NO”. No estamos ante un nuevo tipo de guerra civil ni existe posibilidad cercana de una guerra civil en Venezuela.

Foto: El País.

En Venezuela no es posible una guerra civil, porque, a diferencia de quiénes integran el Alto Gobierno, nuestros principales dirigentes políticos y de la sociedad civil tienen y obedecen a profundos principios democráticos, pacíficos y buscan el interés de la nación. La lucha del pueblo y de la oposición es fundamentalmente no violenta, sobrellevando abusos, trampas y provocaciones cometidas por el gobierno. La resistencia y rebelión contra el gobierno es firme y resueltamente no violenta.

Si bien hubo corruptos y deshonestos en la mal llamada Cuarta República, ninguno de los sospechosos o implicados intentó impedir que ocurrieran elecciones, desconocer a las autoridades legítimas o aniquilar al entonces Congreso Nacional. En 1993 el Presidente Pérez obedeció las medidas que se tomaron en su contra, sin violentar la Constitución ni descalificar a los Poderes que intervinieron en su destitución ni irrumpir contra la acción del Fiscal General de la República del momento. Siempre prevalecieron valores democráticos, principios que se han afianzado, reforzado y multiplicado en estos años de resignada espera y en estos momentos de justa rebelión.

A la casta que nos gobierna no le importa derramar sangre, usar la fuerza, la mentira, violar derechos humanos y profundizar la crisis en la que tienen postrado al país. Solo les interesa mantener el Poder a toda costa, cueste lo que cueste. Podrán asesinar y encarcelar a miles de venezolanos y venezolanas, pero no podrán llevar al país a una guerra civil, porque por parte de una inmensa mayoría de la población, lo que se quiere es paz, justicia y democracia y, precisamente, no más violencia ni derramamiento de sangre.

En Venezuela no es posible una guerra civil porque la ley y los principios constitucionales prevalecen en la mente e imaginario colectivo. Cada vez está quedando más claro entre la gente y algunas notorias personalidades como la Fiscal General de la República, y posiblemente otras voces en instituciones públicas civiles y militares que se irán sumando, que “…Los ciudadanos[5] cuando han asumido directa y personalmente sus responsabilidades y deberes que se derivan de dichos artículos 333 y 350 de la Constitución, están cumpliendo con la obligación de defender el Estado de derecho, la libertad y la democracia, y por ello están realizando un enorme sacrificio y pagando un alto precio en vidas humanas. La sociedad civil ha emprendido de manera autónoma la operación de desconocimiento de la dictadura y ha comprendido que sus actuaciones tienen una sólida cobertura, protección y respaldo jurídico en estos artículos 333 y 350 de la Constitución, que le otorga y garantiza una total libertad, inmunidad y legitimidad por sus acciones en defensa del orden constitucional y en la lucha contra la dictadura.

La lucha del pueblo venezolano es contra la barbarie y su violencia. Cada vez se impone más que la presencia masiva y pacífica de los ciudadanos buscando restablecer la paz, la justicia y el imperio de la Ley.

En Venezuela no es posible una guerra civil porque para que ocurra un conflicto de ese tipo, deben existir dos bandos con capacidad y logística militar dispuestos a enfrentarse y combatir. No son unas pistolas y revólveres de defensa personal en manos de ciudadanos civiles los que pueden desencadenar una guerra civil. Así como tampoco la gesta individual de un funcionario policial en helicóptero o de un civil desesperado que comete alguna acción temeraria lo que desate una guerra civil. Los fusiles de asalto, ametralladoras, granadas, cañones, municiones, helicópteros, aviones y naves, comunicaciones, radares y contramedidas electrónicas, organización y logística están en manos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. La pacífica y no violenta rebelión del pueblo de Venezuela no tiene interés ni voluntad ni capacidad para acceder a ese tipo de equipamiento y en la FANB, a pesar de los exabruptos de algunos oficiales, se evidencia cada vez más resistencia en participar en la brutal represión contra los civiles, en dotar de armas a la milicia o utilizar contra la gente o contra sus propios compañeros esas armas y equipos entregados en sus manos para la defensa de la Nación.

En Venezuela no es posible una guerra civil porque una enorme mayoría de venezolanos ya ha manifestado en múltiples escenarios y oportunidades su vocación democrática y ha buscado una y otra vez los mecanismos no violentos para hacer sentir su voz, su posición y sus creencias. No se ha caído en las recurrentes trampas que buscan derramamiento de sangre. En nuestro país no se puede hablar de fanatismo racial o religioso, factor presente en muchas guerras civiles y quizás ni siquiera ya de fanatismo político, porque la casta que nos gobierno ya no lo hace para imponer una ideología, sino para preservar sus privilegios, sus fortunas mal habidas o evitar responder por los crímenes cometidos.

Foto: Cheo Carvajal

Finalmente, tampoco pareciera que los principios tan de moda de la guerra asimétrica sean aplicables a una guerra civil. Pareciera que una “guerra civil de cuarta generación” no es un término válido. Fenómenos de violencia como los que están ocurriendo en Venezuela pueden calificarse de “terrorismo de Estado”, de “crímenes de lesa humanidad”, de “violación sistemática a los derechos humanos” o de “insurgencia criminal”. La posibilidad de guerra civil no pasa de ser una muy lejana posibilidad, pero una demasiado presente amenaza del gobierno, dolorosa y maquiavélicamente regada de muertes, sangre, detenciones arbitrarias, torturas y dolor para hacerla más creíble. Pero es una amenaza a la que no se le debe hacer eco, amenaza a la que hay que desmontar…

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